domingo, 21 de junio de 2015

La selva afuera

Estrella Del Valle presenta La selva afuera, Antología personal. Galería Virtudes, Ciudad Juárez, Chihuahua. Junio de 2015.


viernes, 12 de junio de 2015

Articulo de opinión: Los machos en mi historia que fueron y no echo de menos



Tenía seis años, cuando salí a jugar muy temprano por la mañana al párvulo patio que compartía mi abuela con otras dos familias en un vecindario. La imagen que conservo de mí es la de estar llenando unos botes con agua para mojarme los pies. En esa única ocasión tuve solo para mí: la pileta, el patio, el sol y las macetas. Me sentí poderosa por disponer de un espacio que, la mayor parte del tiempo estaba invadido por extraños. Esos instantes me ofrecieron un significado de libertad. Desde el patio, recuerdo, se escuchaba el volumen alto del televisor. De pronto, -sí, detesto decirlo- el ruido del televisor se confundía con los gritos de mi abuela, mi tía y mi madre. Sentí alegría de escuchar la voz de mamá. Corrí para llegar hasta donde se encontraban y vi a un señor en medio de la sala: alto y fornido; gritaba y se imponía más alto que todos. También vi a mi hermano, Arturo, cubriéndose la nariz con sus manos ensangrentadas, mientras, las tres mujeres utilizaban sus cuerpos como escudos para impedir que continuara golpeándolo. Yo, presa del pánico, lloraba angustiada mientras encrespaba histérica mis deditos y les gritaba que ya no se pelearan. Ese señor era mi padre. Me alzó en sus brazos y sentó en el sillón más cercano sin dejar de justificarse diciendo que se lo merecía por huevón e incumplido. La nariz fracturada de mi hermano por nuestro padre, no se olvida. Fue uno de los hechos que guardé como un asunto de familia, en el sótano privado de la vergüenza. Al paso de los años fui tomando consciencia, ese episodio no fue lo único que señalaba a mi padre como un verdugo; también fueron sumándose los testimonios de violencia física, psicológica y emocional a los que sometía a mi madre. De algunos fui testigo, de otros, oyente.


El concepto de rol masculino que me acompañó durante muchos años fue deprimente; pues en el núcleo familiar en el que crecí los varones fueron alcohólicos, ignorantes y violentos, pero, muy trabajadores. Creí que la definición de un buen hombre, era esa: ser trabajador. Que la impaciencia, falta de tacto, mala educación y la rudeza, además del mal carácter iban adscritas a la testosterona y de que así debíamos aceptarlos. Así tenía que ser. Son machos. Por supuesto, cuesta tiempo, esfuerzo y atención minuciosa reconocer-nos, cuestionar-nos y poner en tela de juicio todo frente a nuestros ojos. Algunos aspectos inculcados como cultura o simples costumbres familiares no son normales. El abuelo alcohólico, el primo drogadicto, hermanos machistas y padre abusivo; todo ello hacía la conjunción perfecta al lado de aquellas mujeres aguantadoras y mártires. Entre mis cavilaciones de adolescente albergaba la esperanza de salir de ese infierno pero no sabía cómo ni cuándo, no sabía cuál sería la puerta de menor resistencia. La idea de un embarazo me causaba terror. Casarme y encontrar el amor (en ese orden) tampoco era sencillo ¿con quién? Quién podría enamorarse de una joven como lo fui yo: insegura, vulnerable y poca cosa. Vislumbraba una oportunidad de vida mejor para mí y mi hermana menor, no acepté el hecho de que el destino final de todas las mujeres fuese la resignación. Me sostuvieron mi tía, abuela y mis anhelos. En esos tres aspectos descansó la espera.


Al cumplir quince años, mi padre me regaló una tarjeta de cumpleaños, en ella me dice: “Mi´jita, hoy que llega a sus 15 años. Anhelo encuentre un hombre valioso, y la única manera que tienen los seres humanos de hacerse valer es con el tesón del estudio y el hambre de conocimiento”. Estudio y conocimiento, fueron palabras fértiles a mis oídos. Es extraño que la persona que más trauma infringió en mi vida haya sido de la que más aprendí y siga aprendiendo.



Proclamarme feminista es un emblema que me queda grande. Creo en la comunicación y el diálogo sin distorsiones, sin alevosía ni ventaja. Reconocí el abuso del que fui víctima al interior de mi núcleo familiar y sigo en proceso de sanación. Después aprendí a identificar el abuso de poder que permea los distintos ámbitos de nuestra sociedad. Palabras como: machismo, misoginia, padrote, puta, perra, inútil, cabrona, etcétera. Se encuentran en un campo semántico de degradación en contra de las mujeres. Las somete, subestima y anula.


Julián Contreras Álvarez, ex compañero universitario. Me fue presentado por Alberto Reyes, (hoy profesor de latín, en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez) en el año 2001. Nos dijo que era estudiante de Derecho pero buscaba su cambio a Literatura hispanomexicana. Hasta ese momento, puedo describirlo como un joven tranquilo, amante de la lectura y crítico agudo. Nuestro único vínculo fue la amistad. Nunca me invitó a participar en protestas o actividades de algún tipo. Nunca he estado presente ni he participado de su organización y tampoco conozco su forma de liderar en ella. Nuestro trato fue en una época previa al despliegue activista de Julián como se le conoce ahora. Sin embargo, nuestra amistad se fracturó debido a la falta de respeto y mentiras que Julián comenzó a manifestar y hablar sobre mi persona. No entraré en detalles, basta decir que le reclamé su conducta. Son hechos que ya fueron discutidos y sin reconciliación posible. No me interesa. Me preguntan si lo considero machista ¡por supuesto! ¿Misógino? En igual medida. Dicho por él mismo “La mujer piensa que el ingenio, talento y gran intelecto se contagia por ósmosis, follando con hombres ilustres”.


He encontrado muchos “Julianes” en mi camino, aquí un breve repaso: 
“Julián” Gil Padilla, mi primer novio. Él, me llenó de atenciones, romance y encanto. Era mayor que yo 17 años. Un hombre culto, distinguido; egresado de la facultad de filosofía y letras. El partido que cualquier madre vería ideal para su hija (menos la mía, que nunca lo quiso). Sus frases machistas memorables: “¿Y de qué puedes opinar tú?”, “Mi ilusión es encontrar una mujer asiática. De la India, en especial. Son mujeres que no han perdido sus valores”, “¿Sabes cómo cambiar una llanta? No, tú nada más te subes jajajaja” 
“Julián”, el panadero de la esquina. Debo cruzarme con él seguido por obvias razones. Es un señor mayor, chapado a la antigua. Sus frases memorables: “Es más fácil detener un río crecido que una mujer sin marido”, “Desde que las mujeres salieron a trabajar, se terminó la unión familiar”, “No todo es culpa de los ojos de quien mira. Hay vestimentas que son de puta, entonces, no se quejen del trato que se les dé”, “Tenía que ser mujer, la que ocasionó el choque”. 
“Julián” Schmidt, politólogo y académico. Él impartía la asignatura de Sociología política, en junio-diciembre de 2003. El trabajo del semestre consistió en elaborar y aplicar encuestas de preferencia electoral, previas a las elecciones. Actividad que cumplí al pie de la letra, por lo tanto, no justificaba al final haber sido evaluada con una calificación reprobatoria. No comprendía la razón de tal falta de cortesía. No dudé en llevar el caso al consejo técnico universitario, y gané. Mi condena fue ese triunfo amargo. El académico se encargó de que yo no fuera aceptada como postulante a la maestría en Ciencias Sociales, (de buena fuente lo sé). ¿Revancha? ¿Resentimiento? Su frase memorable: “Usted no tiene derecho a explicarme nada, largo de aquí”. 


Al final de cuentas, lo que realmente importa al darse a conocer los nombres de los hombres que ejercen cualquier tipo de conducta abusiva en contra de las mujeres, es la de aprender a detectarlos e impedirles su avance en los nichos sociopolíticos, culturales e institucionales desde donde ejercen la represión, y la reproducción de dichas conductas. Llámense académicos, filósofos, maestros, jefes, socios, “amigos”, marido, pareja, novio, hermano, padre, primo, tío, compañero, etcétera. El hombre alerta de su género, está en obligación de detener la avalancha de desprestigio, abuso, violencia y muerte en contra de las mujeres que los rodean. Siempre será bienvenida la sentencia que nos induce a poner orden en lo privado: hogar, hijos y familia. Que no se diga que las mujeres en el poder somos peores que los hombres; nada duele tanto como la traición de nuestro propio género. #Ni una menos.