En el Barrio Rojo de la Pigalle
Pensé que era preciso visitarlo de noche, cuando el movimiento y el adagio escapan a la luz que lo limita y condena. Tomé rumbo a Montmartre, sobre el Boulevard de Clichy, en el Barrio Rojo de la Pigalle. Los carruajes jalados por caballos golpeando estrepitosamente contra el adoquinado de la callejuela, pasan con velocidad por el costado. La duda sobre continuar por aquellas zonas desconocidas, convertirme en mártir de violación o contagio de alguna enfermedad vergonzosa que me haría padecer la vida en un letargo de oprobio y marginación, me vuelve sigilosa y alerta del paso propio y el ajeno. Camino acompañando la oscuridad que rara vez era expulsada por el halo lunar o algún farol solitario: vigilante mudo e inmóvil al pie de una esquina. Ensimismada daba paso y justificación a furtivos juicios que provocaba “una mujer decente se hace acompañar por una amiga de confianza, su madre o chaperona”. Sin embargo, ni una amiga de confianza deseaba ser cómplice; a mi ma...