viernes, 19 de agosto de 2016

En el Barrio Rojo de la Pigalle



Pensé que era preciso visitarlo de noche, cuando el movimiento y el adagio escapan a la luz que lo limita y condena.

Tomé rumbo a Montmartre, sobre el Boulevard de Clichy, en el Barrio Rojo de la Pigalle. Los carruajes jalados por caballos golpeando estrepitosamente contra el adoquinado de la callejuela, pasan con velocidad por el costado.

La duda sobre continuar por aquellas zonas desconocidas, convertirme en mártir de violación o contagio de alguna enfermedad vergonzosa que me haría padecer la vida en un letargo de oprobio y marginación, me vuelve sigilosa y alerta del paso propio y el ajeno.

Camino acompañando la oscuridad que rara vez era expulsada por el halo lunar o algún farol solitario: vigilante mudo e inmóvil al pie de una esquina. Ensimismada daba paso y justificación a furtivos juicios que provocaba “una mujer decente se hace acompañar por una amiga de confianza, su madre o chaperona”. Sin embargo, ni una amiga de confianza deseaba ser cómplice; a mi madre, imposible convidarla y tampoco hacerme acompañar por chaperona era de mi beneficio. Fue la primera vez que tomé valor para llegar a aquel lugar.

No llevé la cuenta del tiempo transcurrido. De pronto el silencio fue desplazado por el bullicio, las carcajadas frenéticas, el chasquido de las copas de cristal y aquella música que se volvía más audible cuando alguien abría las puertas para abandonar el salón. Musique forte compasando la presentación estelar de la Goulue —no lo sabía hasta que crucé el umbral del infierno—, el nombre de aquella mujer regordeta, de labios rojos, pestañas postizas azules, de majestuosos sombreros destacados por largas plumas, vestidos de crinolina y encajes que al final del baile alzaba hasta su cabeza dejando al descubierto la omisión de su ropa interior.




Sentí cómo el corazón alteraba su ritmo, tal como lo hace el advenimiento de una situación inquietante. Las manos sudorosas, el respirar agitado y el trago ríspido de la saliva por la garganta.

Me aproximo a él, observo su gran molino de diseños rómbicos sobre la azotea y el rojo intenso predominando los bordes, fetiche para todo aquel deseoso de vivir la boheme de la belle epoque. Al entrar invade mis sentidos una rutilante pintura: una bailarina montada sobre un caballo blanco, al centro el “maestro de ceremonias” guiando al equino en un espectáculo circense. De lado derecho al fondo del cuadro aparece una firma: Toulouse-Lautrec. 

Percibo el olor a cigarrillo, lavanda y almizcle aliñado con alcohol que dimana del ambiente. Las mesas colocadas estratégicamente alrededor del escenario. A la orilla del mismo un ramo de orquídeas, unas pesadas cortinas de terciopelo aventaja la mirada indiscreta de los curiosos. Las tonalidades de las luces, tapicería y muros de tonos dorados y rojos concilian el apabullante instante.

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