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Seis poemas inéditos de Elena Garro (12/09/16)

Unidos a la conmemoración previa de los cien años del natalicio de  Elena Garro, seguimos festejando y la recordamos en su faceta poco conocida como poeta. En esta ocasión, para los lectores de La libreta de Irma, se han elegido seis poemas escritos por Garro entre  1948 a 1954. Compilación de la escritora y periodista Patricia Rosas Lopátegui quien presentó el libro Cristales de tiempo, poemas inéditos de Elena Garro, hace unos meses en la ciudad de México. 




NOTA ACLARATORIA
A 100 años de Elena Garro

 El poeta es arrojado de destierro en destierro
y nunca tendrá morada segura.
Maurice de Guérin

Elena Garro (Puebla, 1916-Cuernavaca, 1998)  no tuvo la oportunidad de reunir en un libro los poemas que consignó a lo largo de su azarosa existencia, ni crear un título que los uniera y nombrara. En el centenario de su nacimiento (1916-2016) la celebramos con la publicación  de su poemario.
     Cuando preparaba su biografía en 1997, la autora me entregó  estos versos para ser editados  y nueve años más tarde firmé un nuevo contrato con su hija, Helena Paz Garro, para configurar este volumen. Decidí llamarlo Cristales de tiempo porque éste adquiere las formas más inimaginables en su producción dramatúrgica, literaria y poética. Helena Paz recibió el título con beneplácito.
     Después de haber vivido en Nueva York, París y otros sitios durante ocho años, Garro regresó a México hacia finales de 1953. A mediados de la década, y posiblemente desde 1954, revisó las composiciones elaboradas fuera de su país, con la esperanza de poder publicarlas en tiempos mejores. En ese periodo se dedicó a pasar a máquina algunos de los poemas que había escrito a mano en su cuaderno de pasta café, y a transcribir y publicar otros que no aparecen en las libretas que sobrevivieron. Estas piezas mecanografiadas datan de ese periodo en que se dio a la tarea de trabajarlas, como lo demuestran la misma antigüedad del papel cebolla amarillento y la tipografía análoga de la máquina de escribir. […]  
     A manera de epílogo, Helena Paz Garro le rinde un homenaje a su progenitora con tres poemas: “Mi madre”, “La reina” y “La reina del aire”. Los dos primeros datan de 1958. Paz Garro me comentó respecto a “La reina” en abril 2006: “Este poema se lo escribí a mi mamá diez años antes del 68;  es un texto premonitorio, ¿eh?”. En tanto que “La reina del aire” nació a raíz de su fallecimiento. Creo que nadie mejor que su hija para cerrar este poemario; con la mirada intimista, incisiva y exquisita de quien estuvo siempre cerca de  ella.
     El colofón narra una anécdota de la polígrafa para acercarnos a su visión humanística y revolucionaria.
     Por fin, la versatilidad poética de Elena Garro brilla a través de estos Cristales de tiempo.
Patricia Rosas Lopátegui
Albuquerque, Nuevo México,
6 de enero de 2016    


Leer la nota completa en La libreta de Irma 
(a fecha reciente, 12 de mayo de 2019, me di cuenta de que los poemas fueron removidos del citado portal, ignoro la razón, probablemente por cuestiones legales con los derechos de autor. No obstante, los publicaré en mi blog, citando el libro Cristales de tiempo y a su compiladora, Patricia Rosas Lopátegui). Que los disfruten. 












A Deva
[Versión 2]


Duro, vivísimo, nocturno, me llega tu recuerdo
parte mi sueño en dos, divisor de mis noches.
¡Clara imagen! Tus cabellos tierna crin de maíz
se columpian sobre tu rostro niño.
Rostro niño,
Niña bruja creciendo en el tiempo
a mi medida.
Ya sólo jugamos en las noches
-en las mías- a la mitad del sueño.


“Este es el juego de los encantados”.


Te toco y me despierto grande,
en una cama grande, sola.
Tu mano me dejó una flor
que busco entre las sábanas,
un pájaro, un talismán.
Lo tengo firme.
Abro la mano, la mía
sólo mi palma sola
la noche barre
llevada por tus brazos
-Alguien te castigó-.
Barres estrellas y monedas de oro.
La noche nocturna se ilumina;
yo no estoy asombrada,
tú eres asombro.


Lejos de mí ya no creces tampoco,
ya no juegas.
Te montas en tu escoba de luz
y viajas a mi sueño,
pájaro incandescente.
Te despiertas.
Mis lágrimas soñadas en tu rostro,
tus lágrimas vivísimas
joyas de sangre sobre el mío
riegan mi almohada,
pequeños ríos que fabricamos juntas
con nuestras cuatro manos
en el tiempo en que cuatro eran dos
y cabían en una sola de mi padre.


Ay, sembradora de fantasmas!
¡Ay, milagrosa!
Ya sólo en sueños me dices tu secreto,
aquel antiguo, el mismo.
Pasan los años y cada vez es más profundo,
pasan hacia adelante diurnos,
retroceden nocturnos
y te reencuentro
en el momento en que interrumpimos el juego
cuando un pájaro iba a salir
de entre tus labios y me despierto
porque este es el juego de los encantados.


París, 5 de noviembre de 1950





A  un pescador





Con tu anzuelo de plata,
con las redes tejidas por tus manos
sácame a este pescado frío
que vive adentro de mi estómago.
A la feroz langosta
que tiene en sus tenazas mi corazón.
Al pulpo cenagoso
que  navega en mis venas.
Al sapo que croa
echado en mi silla turca.
Al lagarto ojeroso
que mastica mis vísceras.
A la pequeña sanguijuela
instalada en mis ojos chupando sueño.
La pesca se cotiza en el mercado
y yo dormiré
como antes de la invasión de los monstruos.


París, 1948


Explicaciones a Helena en la
Montaña


Escribes en la montaña de los niños
y pides que te diga cómo es tu país.
Las moscas aplastadas de tu letra
han llegado volando,
curiosas, exigentes de nombres de ciudades,
de héroes, de batallas, de flores, de volcanes.
No tengo nada que decirte:
Hernán  Cortés llegó hablando
en una lengua que nadie conocía.




Adivinanza


De día es un fruto este nombre,
gotas de miel endulzan las encías.
De noche sus letras son estrellas
que señalan los viajes de los sueños.
En el agua
está en la superficie de los lagos.
En el cielo
pasea entre los filos de las nubes.
En la tarde
es cifra el ala de una golondrina.
En la mañana
canta sobre un tejado.
Con la luz
sus oes vuelan hacia los cuervos.
Con la sombra
se encierran en los magnolios.
En el centro
una columna se yergue entre las oes.
Cántico abandonado
sirena por Ulises olvidada
nombre tan poco nombre
vives del otro lado
del precipicio de los sueños.
Velero taciturno
tu viaje dura un año.
Una fecha te encadena al calendario
y mi memoria, lúcida bahía,
te encierra en invisibles playas.


París, 1949









Viaje


Miro tu rostro
su dorada geografía
las pendientes
los minúsculos ríos
navego sin parar por ellos.
Siempre es otoño,
siempre hay hojas cayendo
y pájaros que se despiden.
Voy de viaje, hermana,
voy al país abierto, navegable
del rostro de mi amado.


París, 1950




En la memoria


En la memoria
hay rastros de serpientes
jeroglíficos trazados en jardines
palabras secretas en la arena
guedejas de caminos que se encuentran
el porvenir escrito en signos
y en el centro del laberinto tu nombre.


En la memoria
hay ventanas abiertas al perfil de la luna
países minerales
ramas de pájaros
estrellas pegadas a los vidrios
ardientes soles
cayendo en la boca del infierno
oscuros visitantes
embozados en azufrosas capas
el círculo de una falda roja
y tus diez dedos inventando la tarde.


En la memoria
hay rejas y un brazo de mar
azul y solitario
abriéndolas, cerrándolas
en un ir y venir de espumas.
Un río que corre entre los muebles
árboles  adentro de una biblioteca
unas palabras que navegan
sobre las mesas de un café
un puente abierto a los amantes
y un caracol acumulando cantos en la playa.


En la memoria
avanzas alta marea en llamas
y retrocedes sobre la arena quemada por tu paso.


México, miércoles 22 de diciembre de 1954


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