viernes, 19 de febrero de 2016

No temas, basta que tengas fe



Hay de buena y mala fe...


La violencia ha tocado aquellos sectores y comunidades considerados intocables, no importa cada cuándo ocurra, cada crimen que se comete marca un hito en el acontecer social. Que existe preocupación y temor por la vida propia, es un hecho, y así se ha manifestado en los distintos escenarios a los que se tiene acceso.

     Durante la homilía dominical, en una de tantas iglesias de la ciudad, el clérigo encargado ofreció un sermón que llamó No temas, basta que tengas fe. Habló sobre la realidad de la muerte y la enfermedad, e hizo distinción entre la muerte como destino inescrutable y la muerte a manos de los otros. Condenó la violencia y saña con la que actúa el crimen organizado y puso gran énfasis en la falta de respeto de la sociedad hacia la vida misma. La falta de integridad moral y descomposición social que nos rodea.

     Referente a esto, y practicando un ejercicio de reflexión, propongo uno de los discursos ofrecidos por el filósofo e historiador Michel Foucault.  Conforme se dan    a través de la historia los diversos mecanismos de control y ejercicio de poder, y partiendo de la teoría clásica del soberano del siglo XVIII sobre “el derecho de vida y el derecho de muerte”, Foucault se pregunta sobre la razón de este derecho y nos dice que:



“En cierto sentido, decir que el soberano tiene derecho de vida y derecho de muerte, significa en el fondo, que puede hacer morir y dejar vivir, en todo caso que la vida y la muerte no son esos fenómenos naturales, inmediatos, en cierto modo originarios o radicales, que están fuera del campo del poder político. Si ahondamos un poco y llegamos, por así decirlo, hasta la paradoja, en el fondo quiere decir que, frente al poder, el súbdito no está, por pleno derecho ni vivo ni muerto. El derecho de vida y de muerte solo se ejerce de una manera desequilibrada, siempre del lado de la muerte”. (Foucault, 1976)

Si la cultura de la muerte en nuestra sociedad está siendo manifestada por diversos medios, como es el caso de los adoradores a “La Santa Muerte”, las muertes de mujeres en abortos clandestinos, asesinatos, suicidios, crisis económica, guerras, destrucción masiva y caos que generan depresión, divorcios, malas relaciones interpersonales, acoso escolar, bullying  y una violencia desatada a todos los niveles. Según estudiosos del tema, la adoración a la Santa Muerte no es exclusiva de narcotraficantes ni hechiceros. Es una fe llevada a cabo por la convicción de que “es la muerte lo único seguro que tenemos”, por lo tanto, es a “ella” a la que nos encomendamos “como última oportunidad de vida”.

     Es decir, somos testigos de la muerte como una imposición social también, no como un hecho de vida que llegará por enfermedad o accidente fatal, sino que puede alcanzarnos en cualquier lugar, a cualquier edad, por cualquier causa, razón o motivo. ¿Hasta dónde estos detonantes de muerte están siendo “maniobrados” desde lugares oscuros, por distintas vías, a diversas escalas de poder?

     La iglesia católica, en voz de Papa Francisco, también tiene una postura al respecto: “la muerte es como un agujero negro que se abre en la vida de las familias y representa una experiencia a la que no sabemos dar ninguna explicación. Es más, a veces se llega incluso a darle la culpa de esto a Dios. Pero la muerte también tiene “cómplices” que son incluso peores, y que se llaman odio, envidia, soberbia, avaricia; en una palabra el pecado del mundo que trabaja para la muerte y la hace aún más dolorosa e injusta”.   
     
     Vuelvo a Foucault, el poder del soberano que permite seguir viviendo o condena a morir, se ha transformado hasta dar lugar a una Biopolítica:



“Va a extraer su saber y definir el campo de intervención de su poder en la natalidad, la movilidad, las diversas incapacidades biológicas, los efectos del medio. No se trata en modo alguno, por consiguiente de formar al individuo en el nivel del detalle sino, al contrario, de actuar mediante mecanismos globales de tal manera que se obtengan estados globales de equilibrio y regularidad; en síntesis, de tomar en cuenta la vida, los procesos biológicos del hombre/especie y asegurar en ellos no una disciplina sino una regularización”. (Ibíd)


Se impone una conducta bizarra en nuestros procesos sociales de aceptación de la muerte que crea más confusión que convicción. ¿En qué momento el ser humano está preparado para aceptar la muerte? Desde la muerte ofrecida por misericordia hasta los avances tecnológicos y científicos que crean mecanismos para preservar la vida, aun y cuando, las personas clínicamente estén declaradas muertas…

     A quince minutos antes del termino de la misa, el clérigo cuestiona: En un mundo donde los buenos ejemplos son escasos; donde se persuade la fe entre los seres humanos; donde se dan malos consejos al prójimo para desviarlo de sus convicciones, con la disertación sacerdotal que los hace traicionar su fe, abusando de niños, teniendo prácticas indebidas o porque una mujer se ha cruzado en el camino.  Y pregunta:
¿Qué está haciendo la sociedad para que sigamos aquí?

     Esas palabras transforman al hombre de túnica; lo transforman en un ser humano, demasiado humano.

     ¿Estamos siendo nosotros, seres imperfectos, los discípulos, los medios de comunicación, la sociedad en general, la causa de que la crisis vocacional aceche tras la mirada de los presentes y futuros servidores de Dios? ¿Somos la contaminación, la serpiente que engañó a Eva, la escoria que conociéndose carente de virtudes tienta con su mal ejemplo las buenas conciencias? 

     Somos seres humanos y aprendemos a base de prueba y error, cegados por una creencia que, a fin de cuentas, proclamamos como certera,  por autoengaño o por mala fe.Juzgue usted. 



 Artículo publicado en Periódico Net 1490             
http://periodiconet.mx/PN15/index.html#12