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Que la luz de un día más nos bese los ojos

La piedad - Miguel Ángel. 1499,  Mármol 1,74 m   Basílica de San Pedro. Roma


Cuando se hundieron las formas puras
bajo el cri cri de las margaritas,
comprendí que me habían asesinado.
Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias,
abrieron los toneles y los armarios,
destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro.
Ya no me encontraron.
¿No me encontraron?
No. No me encontraron.
Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba,
y que el mar recordó ¡de pronto!
los nombres de todos sus ahogados.

"Fábula y rueda de tres amigos", Federico García Lorca


He postergado escribir sobre el tema por obvias razones. Hablar de la muerte propia o ajena, espanta, se toma con cautela. Mi próximo cumpleaños será el 14 de septiembre y, he pensado mucho en la muerte. La muerte se me aparece por todos lados, en forma de frase, cosa, animal o persona. Las pistas de lo perecedero inunda de señales los días: la vejez, mis muertos, los muertos,  las aves de paso, el cambio de estación, el transcurso de los meses, los sueños,  la pintura descascarada del techo,  la modificación de las formas. 
La conmoción como único remanente  de lo efímero. 

Leí a Ethel Krauze con su artículo Boleto de ida para la vejez (agosto 13, Confabulario), una diatriba de la escritora contra los temas como la eutanasia y el derecho a morir dignamente que tanto se promueven porque, a su parecer, se han convertido en un triste pretexto para no sobrellevar las molestias causadas por los ancianos,  la ineptitud  de brindarles los paliativos fisicos, emocionales y espirituales en una Era ávida de intereses particulares y de producción económica:  «Lo legal no es necesariamente lo moral. El viejo no se estorba a sí mismo, es la sociedad la que no le da cabida. Una sociedad rampante que privilegia la juventud, la fuerza física, la velocidad, la imparabilidad. Una sociedad que le tiene horror al rostro humano, con el acompañamiento, la compasión, y el sacrificio que supone el amor y el dolor compartidos. Una sociedad a la caza permanente del entretenimiento y las selfiessonrientes de Facebook».

Al término de la misma,  fue inevitable no recordar la muerte reciente de mi padre a los 75 años. Mi padre enviudó a la vez que sobrellevaba   las secuelas de una embolia sufrida cuatro meses antes del fallecimiento de mi madre (el mismo año que celebrarían  sus bodas de oro). Nos aguantó cinco años sin ella. Aún no comprendo cómo lo logró, pues su dependencia y miedo a la soledad  hacía más asombrosa la agonía de mantenerse lúcido. Vivió solo,  poco más de cuatro años, hasta que la gravedad nos alcanzó. La historia se resume con su muerte; sería porfiado de mi parte revivir los pormenores.  Sólo afirmaré que la indiferencia del resto de mis hermanos para acudir a su llamado, de brindarle compañía, cuidados y apoyo, minó sus deseos de vivir. De ocho hermanos,  solamente dos estuvimos todo el tiempo paliando sus aflicciones y necesidades. Fue una ardua, caótica y angustiosa labor. El adulto mayor la tiene muy difícil en tales circunstancias, y los familiares cercanos  también. Suele ocurrir con cierta frecuencia que  el resto de la familia se  aleje, se desentienda  de todo lo relacionado con lo que consideran una carga. En este caso, mis hermanos  extendieron su rechazo hacia todo aquello  que les imponía limitaciones,  y  de quien, además,  guardaban resentimientos. 

Estoy convencida de que la compasión es un fenómeno moral básico que a pocos importa en nuestra época actual. Se promueve descaradamente el ver por nosotros mismos con la cobardía singular de los eufemismos: "sano egoísmo", "sana restricción. A eso le llaman amor propio. Somos celosos de nuestro tiempo, de nuestro espacio, de los vicios y las manías que se van sumando a nuestros hábitos. El egoísmo es el enemigo. 

Para el filósofo Emmanuel Lévinas (Kaunas, 1906-París, 1995) la compasión sería una de las formas que adopta la intuición, la intuición de la responsabilidad que asumimos sobre el otro. Según este autor, la filosofía primera es la Ética, no la Ontología, y lo que esa reflexión descubre es una subjetividad atravesada por la responsabilidad en el otro. En palabras pobres lo resumo, el mandato sería: AMAR AL OTRO MÁS QUE A MÍ MISMO. ¿Difícil? Probablemente.  Me acuso de sentir aversión  por las personas ingratas. La ingratitud, es el acto que más disminuye, en amplio sentido, la calidad humana. Mi defensa ante la ingratitud ha sido la retaliación y el destierro. 

Sin embargo, la idea de mi muerte no duele tanto como la idea de abandonar a las personas que se quedan. El imaginar un mundo sin mí para ellos. No se mal interprete, nadie es indispensable, el hecho está en otorgar un servicio hacia el otro saliendo de mí mismo, sin esperar recompensa, porque la recompensa es el acto mismo.  Dicho esto, creo que, en cierto sentido, la filosofía invaluable de Lévinas en permanecer vivos con el propósito de velar por el otro, es el acto de mayor valentía y respeto que pueda otorgarse a la humanidad. Decir: quiero y deseo vivir por mis hijos. Quiero y deseo vivir por mi padre. Quiero y deseo vivir porque me necesitan. Ser necesitados, volverse imprescindibles, significa  que nuestra existencia  no ha sido en vano. El servicio es, a final de cuentas, la evaluación última por nuestros actos. Esta sería una de las propuestas éticas del filosofo: la necesidad de trascendencia ante la aceptación inminente de nuestra muerte, ¿cómo? Saliendo de nosotros mismos, del ensimismamiento, del egoísmo. Tender puentes hacia los otros, sumergirse en la relación con los otros, la sociabilidad sin intereses particulares. Sin el falso reconocimiento de la afinidad religiosa o ideológica sino para alcanzar una autentica convivencia intercultural respetuosa y equitativa. Sin anular o marginar, sin confrontaciones, sin violencia. No en vano, la filosofía de Emmanuel Lévinas fue una de las más destacadas por el Papa Juan Pablo II en su afán por rehabilitar el humanismo. Sin duda, personajes fuera de lo ordinario. 

Después del tiempo transcurrido, por lo poco o mucho que aporté a la vida de mi padre, de mi madre y mis seres queridos; lo que no hice o dejé de hacer por la insuficiente capacidad, quizá, de templar mis egoísmos o abordar la inmadurez. Cuando yo muera, deseo que a mis amados hijos no lleguen las condolencias de la hipocresía; que mi cuerpo se confunda con el polvo y la ceniza. Que las palabras y acciones generosas, halagos y alabanzas no lleguen tarde. Entretanto, que  la luz de un día más nos bese los ojos. 


A la memoria de mi padre. 

Artículo para JuárezDialoga 


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