miércoles, 25 de noviembre de 2015

Existe un proverbio latino que recoge siglos de coincidencias y sincronías, de casualidades no tan casuales y curiosidades lingüísticas


"Existe una leyenda hebrea según la cual el divino Nombre del Creador está grabado en esa piedra fundamental sita en el ombligo del templo, que a su vez era el ombligo de Jerusalén. Quien lograra conocerlo, aproximarse a él y deletrearlo, obtendría dones sobrehumanos y se enteraría de lo que debe acontecer hasta el fin de los tiempos. Pero para que eso no sucediera el Creador conservó el mayor secreto. Sucedió, empero, que al excavar el rey David las fundaciones para la construcción del templo, halló la piedra con el divino Nombre a orillas del abismo. Con el tiempo, los sabios de Israel temieron que algún joven aprendiera la voz sacrosanta y por su intermedio destruyera el mundo. Para evitar ese peligro mortal forjaron dos leones de bronce y los colocaron cerca de la puerta del Santo de los Santos. Si alguien entrara y aprendiera el divino Nombre, al salir los leones rugirían, y sus estentóreos rugidos lo llenarían de un terror tal que en el acto el nombre de Dios se borraría de su mente. Jesús Nazareno fue directamente a Jerusalén y penetró en el Santo de los santos del templo; allí aprendió las sagradas letras del Nombre. Las escribió en un pergamino, abrió su carne con un cuchillo y ocultó en ella lo escrito. Al pronunciar el Nombre, la herida se cerró. En el umbral de la puerta los leones rugieron y Jesús olvidó las letras sagradas. Pero, una vez que hubo salido de Jerusalén, volvió a cortar su carne y sacó el pergamino. De ese modo, cuenta la leyenda, aprendió para siempre el Nombre del Creador y con ello pudo obrar milagros."