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La tormenta de Heinrich von Kleist, por Julieta Lomelí

Immanuel Kant (1724-1804) se dio cuenta de la imposibilidad de sustentar a la metafísica como una disciplina de índole científico. Después de un exhaustivo análisis del asunto, se percató que era culturalmente necesaria porque algunos hombres, entonces la mayoría, no podían vivir sin religión e ideas esotéricas; pero al mismo tiempo, era improcedente hacer de la metafísica una ciencia porque su discurso no se sostenía en el ámbito empírico pero sí intentaba, osadamente, superarlo para hablar de un mundo invisible: como las reflexiones sobre dios y el “Ser”.

De tal modo, Kant parecía abrir la caja de Pandora, el hombre no podía conocer más allá de lo que su experiencia le mostraba, pero eso no significaba echar por la borda cualquier esfuerzo humano y ponerse a lloriquear por la imposibilidad de conocer “eso” que no se ve, lo cual gran parte de la filosofía anterior al filósofo alemán se había concentrado en explicar. 
A partir del pesimismo velado que podría encontrar un lector puntilloso de Kant, hubo necesariamente autores que retomaron la idea de que no se puede conocer —ni científicamente ni objetivamente— nada más allá de lo que nuestros ojos nos muestran. Este es el caso de Heinrich Von Kleist (1777-1811), un prolífico dramaturgo y poeta alemán, pero también, y no en menor grado, un filósofo que en cierta medida se relegó a un infierno existencial y a un desencanto filosófico, al seguir aquellas ideas kantianas. 
Heinrich von Kleist es un representante notable del romanticismo alemán, su prosa exhibe el agotamiento derivado de la imposibilidad humana para penetrar el mundo, y para conocer las cosas que se escapan a la razón. Mientras Kant, en su Crítica de la razón pura, señala que sólo podemos “conocer de las cosas, lo que nosotros mismos imprimimos en ellas” y no a la inversa, lo cual abre un novedoso camino crítico para la filosofía y para la declaración sobria de los límites del conocimiento humano; Kleist se enfrenta a los planteamientos kantianos desde el filtro de su pesimismo, dejando memoria en sus epistolares de una desesperación que lo orilla a desear certezas absolutas, a anhelar el regreso de las esperanzas consagradas por la metafísica.
Kleist sufre el mundo moderno, del cual sólo se puede hablar a través de ciertas categorías mentales e interpretaciones que, para él, no llegan al fondo de las cosas, porque éstas terminan donde las palabras agotan sus posibilidades descriptivas. En su desilusión, alberga un tipo de melancolía del mundo que precede a los conceptos, deseando reivindicar el irracional pero perfecto reino natural, que habita más allá de la artificialidad del hombre. ¿No será —se pregunta Von Kleist en Sobre el teatro de marionetas— que el conocimiento humano, con sus elaboradas ciencias empíricas, más bien cierra las posibilidades de aprender más libremente sobre el mundo?
Esta libertad para conocer, de la cual habla Kleist, está sostenida en la sugerencia de volver al aprendizaje originario, uno que esté menos complejizado por edificios conceptuales. Es la nostalgia del discernimiento sostenido en las sensaciones, en las impresiones instantáneas, en el conocimiento mayormente ligado a las corazonadas que a la cordura de la razón.
Vamos a conocer otra vez el universo, pero ahora comenzando desde cero. El dramaturgo alemán cree que “en la medida en que en el mundo orgánico se debilita y oscurece la reflexión, hace su aparición la gracia cada vez más radiante y soberana” de la voluptuosidad de la naturaleza. Porque “el paraíso está cerrado con siete llaves; y tenemos que dar la vuelta al mundo para ver si por la parte de atrás, en algún lugar, ha vuelto a abrirse”. 
Para Kleist lo mejor sería enfrentarnos al universo con menos exigencias racionales, revalorizando los afectos, sorprendiéndonos ante los matices que la subjetividad, desprovista de carácter científico, puede conferirle a la vida. Comprender las situaciones de un modo más natural, tal cual se presentan, sin tantos dilemas teóricos. ¿Por qué no adherirnos al aprendizaje sereno, que no se afianza en una obsesión por ganar en argumentos sino en sentimientos?
Kleist soñó trazar sendas menos rígidas para los hombres y mujeres de entonces —pero también heredó un camino para los actuales—. Pensó en abrir veredas interpretativas que sí respetarán este otro lado que se escapa de lo objetivo, de lo racional, de lo “verdadero”. Para el escritor lo que valía era la ambición por traspasar lo tangible, tener fe, volverse dementes y dejarse sucumbir a la pasión, a todo eso que no es “racional”: buscar el “absoluto”. El dramaturgo sugería cerrar el último episodio del mundo —o al menos el que sería su último episodio— volviendo “a comer del árbol del conocimiento para recobrar el estado de inocencia”.
Kleist, en el entrañable intento —fallido— por sobresalir como escritor, y en su afán devolverle la dignidad a ese trasmundo irracional que la modernidad intentaba superar con su cientificismo, también se desbordó, suicidándose a la edad de 34 años.http://revista360grados.com.mx/2014/secciones/libros/item/2482-la-tormenta-de-heinrich-von-kleist

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