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Cicatrices

De

Esther Seligson

(1941-2010)

Cicatriz: concierto de voces insepultas en el insomnio de la añoranza.

En la memoria del cuerpo ¿habrán de terminar, una sobre otra, en una tumba única, las cicatrices de cuanto amante fue enterrado?

Jugábamos a ver quién dejaba en el otro las cicatrices más abyectas.

Toda penetración deja una cicatriz que a fuerza de entrega se va pudriendo.

Por las cicatrices de la memoria se cuelan las heridas del olvido.
Uno creería que toda cicatriz implica una herida previa. No siempre es así: hay cicatrices genéticas, y algunas se heredan con la nacionalidad.

En general los errantes contaminamos con el olor de nuestras
cicatrices la atmósfera de cualquier viaje que emprendemos,
por inédito que sea.

Trasterrado: el que siembra en sus cicatrices de antaño heridas presentes y futuras que nunca cicatrizarán.

Cicatriz el cielo de aquellas tardes en que el amor humeaba entre tazas de té, músicas a media luz y ropa desperdigada.
Todo clandestino como la lluvia tras la ventana sin cortinas, abierta sobre los techos de la ciudad, abierta a las nubes y a algún sorpresivo arcoiris.

Gracias a Adán y a Eva el Conocimiento es una cicatriz imborrable, insondable, insuturable... una philo-sophia, en suma.

No son los recuerdos, el dolor, la alegría, quienes van tatuando en el rostro sus cicatrices, sino el misterio de la vida, su diario transcurrir.
También las tajaduras de lo inexpresado.

En la furia contra la madre nace nuestra primera cicatriz. En los celos hacia el padre, la segunda.
A veces ocurre a la inversa. Como quiera que sea, ambas cicatrices permanecen de por vida.

Cioraniana: la cicatriz del nacimiento no tiene cura.



Qué hondas las grietas de la tierra, las simas de la vida, las cicatrices del tiempo.

La primera cicatriz es la que provocamos en el cuerpo materno. En realidad es la única: sus labios sólo se cierran con su muerte.

Por más lisitas que estén, el miedo también enchina a las cicatrices.

Los sueños de Poder desbordan cualquier cicatriz, por metafísica que sea.

Toda ciudad lleva en su trazo vestigios de alguna cicatriz infestada de patrióticos gusanos, larvas fanáticas, huevecillos purulentos de tantas texturas como ciudadanos la habitan.

La cicatriz de Dios está en nuestra muerte.
No importa si ella llegó por su propio pie o si por bala o tajo, cáncer o sida; o si la llamamos con somníferos, soga, fuego, gas o accidente: la cicatriz de Dios se abre para darnos paso. (Kadish)

La cicatriz que el suicida le inflige a la vida borbotea pus eternamente.

También podría hablar de la cicatriz que el artista se afana en ahondar, en cavar y esculpir en su propia carne.

Lugar común: "las cicatrices que el amor deja en el alma".
–¿Y por qué no en el corazón?
–Porque el corazón es un músculo hueco...

Canción de cuna: cría hijos y crearás cicatrices.

Jabesiana: ¿y qué decir de las cicatrices que la escritura abre en la página blanca?

Poco a poco, dicen, hila la vieja el copo; con las cicatrices, digo, de su juventud perdida.

Dime dónde tienes tus cicatrices y te diré quién eres.

Anda, sí, ve y consulta tu carta astral: conocerás tus cicatrices.

La cicatriz más desesperada es la que se niega a reconciliarse consigo misma.
Pero también hay cicatrices dichosas: aquéllas que fructificaron en el perdón.


La vida es una interminable sucesión de heridas –es decir de decisiones– que a veces no cicatrizan, sobre todo cuando alguna se queda pendiente del "y si hubiera"...

Las religiones nada tienen que ver con el diálogo íntimo entre lo humano y lo divino.
Ni siquiera pueden protegernos con su ritualismo de las cicatrices –imperceptibles siempre– que ese diálogo va dejando en el enorme Vacío de su intimidad.

En el cine apapacho mis cicatrices. El teatro quiero que me las abra en toda su magnitud.

Hay amores que le descubren a uno cicatrices cuya existencia se ignoraba por completo.

Traicionarse a uno mismo provoca heridas que jamás harán cicatriz.

La cicatriz es a la culpa lo que la tumba al cuerpo expuesto.

Ahí donde temes ser destruido y avasallado está tu cicatriz más sensible.

Las heridas de un corazón mezquino no forman cicatrices.

Cuenta el mito que al castrar Saturno a Urano tres gotas de su sangre dejaron tres cicatrices en la tierra: envidia, venganza y necedad.
Los griegos las nombraron Furias. Después el término se tradujo, no tan erróneamente, por Política.

La costumbre de contraponer la eternidad de Dios a la infinitud del hombre.
Ambos absolutos, sin embargo, implican una cicatriz cuyos labios siempre supuran.

La palabra, dicen, es lo que nos distingue de los animales.
Creo que la diferencia esencial está en la incapacidad del animal para expresar las cicatrices de su especie.

En relación a los afectos en general, y al amor en particular, aún albergo una duda: ¿por qué si soy un ser de absolutos siempre termino por aceptar migajas?
Sin embargo, me niego a contabilizar la textura de las diversas cicatrices que esa suerte de abstinencia me ha dejado.

Rehúso acomodar mis heridas y apasionamientos en la cicatriz de la Indiferencia.

–¿Por qué te tomas todo tan a pecho?
Pregunta totalmente idiota. Si hubiese una razón, y una respuesta, no llevaría cicatrices luminosas entre la oscuridad de las heridas.

Si como es arriba es abajo, nuestra imagen y semejanza divina es sencillamente la cicatriz que le quedó al UNO cuando, al contraerse en Su Vacío, generó –a través del Dos y del Tres– las "miriadas de creaturas y de formas".

El monoteísmo es un malentendido. Es como pretender reducir la multiplicidad de nuestras heridas a una única cicatriz, queloide por añadidura, cuando que la perfección de ELUNOENSIMISMO no se pierde en el desbordamiento y despliegue de Su Creación.
Así lo entendieron el hinduismo, la Kabalá judía y el mal llamado paganismo.

El silencio de Dios se vuelve tangible en cuanto se absorben las puntadas que suturan la cicatriz de Su Presencia.
Es decir: como los profetas, vale más estar mortalmente herido por el venablo de Su Voz.

Se habla de "el sentido" de la vida. Sí, la dirección va siempre, como en los ríos, en el sentido en que fluyen las heridas hacia la oceánica cicatriz del perdón.

¿Para qué maquillas tus cicatrices si de cualquier modo su gruir te quita el sueño?

¿No serán las estrellas cicatrices de las lágrimas que Dios derrama ante el desastre de Su Creación?

El sueño es ese vehículo providencial que nos permite circular por nuestras más recónditas cicatrices sin restricción alguna.
El único riesgo es que las abre, también, sin restricción alguna.

Para las heridas que va sajando la cotidianeidad, reencarnación, karma, eternidad del alma, resultan promesas de cicatrización a demasiado largo plazo.

La mediocridad es un páramo sin heridas ni cicatrices. Es más: ni siquiera genera espejismos.

El melancólico repasa sus cicatrices como el piadoso las cuentas de su rosario.

El camino de perfección transita por entre los 22 Arcanos Mayores, 22 senderos que van abriendo sus cicatrices como portales iniciáticos desde la duda oscura hacia la Luz.

El Conocimiento sólo se transforma en Sabiduría cuando es experimentado, vivido en carne propia.
De cualquier otra manera apenas si es un mapa de cicatrices mudas visto desde el aire.

Brujir: "igualar los bordes de un vidrio después de cortado con el diamante."
Así imagino será el paso de la vida a la muerte: sin dejar la menor cicatriz.

Un hijo (a) es una herida que jamás cicatriza.
A eso se refiere Dios cuando condena a Eva a parir con dolor. Él conocía ya cuáles eran las consecuencias de la maternidad.

Tendemos a concluir demasiado naturalmente que la cicatriz es el resultado de una herida, que ésta ha de resolverse en aquélla y sanseacabó.
Y no hay razón objetiva para que suceda de otra manera. Para la memoria, sin embargo, la cicatriz es apenas la herida de la herida herida, una eterna fisura en la realidad absoluta de cada quien.



Oigo cómo van cayendo las corolas
Todavía sin marchitar se desprenden

¿Qué sollozo secreto las ahoga?

Cicatriz la belleza sin culminar
cae en el vacío

Nada. Nadie.

Navego hacia el final
Venturosa espera...




Esther Seligson, "Cicatrices", Fractal n°13, abril-junio, 1999, año 3, volumen IV, pp. 103-111.


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