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MUSA 69


Para la Musa, siempre . . .
y para Consuelo Saenz, una mujer de peligro


Se lo quedó viendo por largo rato ---si bien para las musas el tiempo es eterno, para la muerte lo es más--- y recordó vagamente el breve relato que el poeta le contara de un hombre que iba por la calle y se encontró una flor amarilla y se echó al piso y la cuidó, le cantó una canción, la regó y la cubrió con sus manos quedándose dormido junto a ella; y entonces la flor lo vio desde lo alto allí abajo acostado, tiernamente dormido, como desvalido, y suspirando la flor se dijo a sus adentros: «es como una flor...», y Erato suspiró también y masculló apenas: «Ah, Cortázar...»

El poeta permaneció allí en la misma postura de cuando partió la visitante a cargarse a un tal Beltrones y se lo dejara encargado a Erato. Respiraba en forma cortada, como negándose el aire de los demás y queriendo rechazarlo como un acto irónico ante esa cosa llamada vida y la cual hacía un buen rato ya no quería y se daba a la tarea de manifestarlo cada mañana: «¡Joder; amanecí!»

«¡Qué ganas de morirte, Poeta! Como si no hubiera cosas más importantes que morirse, carajo!», dijo la musa entre dientes. Se levantó de la silla mecedora dentro de la habitación y sacó el album de fotografías y comenzó el recorrido porque así lo había se lo había pedido el poeta mentalmente tal cual lo hiciera en sus años plenos en que ésta corría al instante al estante de los libros ya fuera por un tomo de T. S. Eliot o de W. B. Yeats, o a comprar tacos rojos de "los agachados", o a la tienda "El Águila" por papel de estraza y cordón de ixtle para empacar libros y libros que el poeta obsequiaba a los buenos amigos, o, para alguna nueva conquista fémina de la que él se huebiese enamorado.


Y allí estaba, en fotos, la vida del poeta junto a ella. La foto de la boleta de calificaciones de la primaria, siempre con la vista fija al punto superior izquierdo, con la sonrisa tímida esbozada pero sin mostrar los dientes (ésa manía de pensar que mostrar los dientes en una fotografía era de mal gusto, pero muy en el fondo era la encía de ua mujer lo que más atractiva la hacía hacia él); la foto dentro del grupo de tamboristas ---niñas todas--- en la que se lo ve con falda y "botas perras" de minero negrísimas y su tambor a un costado y en la punta de una bota una leve mancha blanca y que no era sino esa leyenda impresa que decía «si vuleves a burlarte de mí te parto el alma, hijo de puta...»; la foto en la que le estrecha la mano a Allen Ginsberg en una visita a un congreso de poetas; la foto junto a la bloqueadora dominicana de voleibol Candida Arias después de un encuentro con el equipo femenil puertoriqueño, ella, bellísima y con su "8" en la playera, los muslos enormes dándole al poeta un balón autografiado "para el poeta con cariño, Candida": «a mí no haces pendejo; lo que pasa es te gusta verles las nalgas a las jugadoras...», le dijo alguna vez un amigo en un restaurante y en un grupo de varios hombres y mujeres, a lo que hombres y mujeres, también, soltaron todos una carcajada mutitudinaria, el poeta le vació el guacamole para los totopos en la cabeza y le dijo: «estás equivocado, para mí el voleibol femenil es como el ajedrez";
la foto del primer Bruno comiéndose el rompecabezas de 3,000 piezas con escenas de la película Casablanca; la foto en la que aparece con toga y birrete en la graduación de la universidad de San Luis con doctorado por la facultad de Filosofía y Letras; la foto en la que recibe el "Premio de Poesía Betty Mtz Compeán" y lo dedica a Margarita Morán; la foto en la que Polimnia y Gerardo Meza Galván les colocan a él y a Erato el lazo en la ceremonia de su boda ---y por mucho tiempo el poeta se preguntó por qué carajo había accedido a casarse con la musa por la iglesia si él nunca creyó en esas cosas, a lo que el amigo Gerardo le contestara "porque la querías"---; las fotos de Erato en Budapest, sentada en la banca de un parque leyendo o escribiéndole cartas al poeta, cartas que éste nunca quiso siquiera recibir y que a pesar de ser portadoras de extensas hojas escritas, todas decían lo mismo en esencia con la frase de una canción de Guadalupe Trigo «♫♫ la verdad, yo también te necesito, te lo digo muy quedito: solamente soy de ti... ♫♪; fotos y fotos con memorias compromidas en un trozo de papel, recuerdos emotivos y tristes del andar de Hilario Trueba Reveles por este mundo, del brazo y por la calle ---como Marga López y Manolo Fabregas--- de este mundo.



Al final de uno de los álbumes encontró una carta de su propio puño y letra y que escribiese como una mera reflexión de su nuevo y recien cuenta habiente y de quien ya fuera prematura inspiración:


« Más Allá Del Olvido
a Julio 17, de mil novecientos siempre




Mi nombre es Erato.
No soy musa de muchos poetas, sólo de uno. Y unicamente de uno porque a uno me debo y no tengo que rendirle cuentas a nadie más, sólo a él. Llegué a su vida por mero accidente al evitar que se iniciara en el vicio de la cocaína. Me gusta el poeta. Me cae bien.
Aun a pesar de que lo visitan muchas mujeres, colegialas en busca de aventuras con un hombre maduro, amigas de ocasión de una que otra velada en la bohemia, colegas de antaño y de su misma edad a la caza de un encuentro sexual de "amigas con derecho".
No me pesa en nada que reciba a quien sea que él quiera recibir, no; pero lo que me indigna es que todas son iguales: me dejan el reguero en la cocina cuando se ponen a cocinar, olvidan los calzones debajo de la cama (ahhggg... ésas tiras y casi hilachos que se ponen hoy en día las mujeres que disque para verse más sexy; si no hay como las pantaletas normales como las que Dios manda, aunque al poeta le gusta que yo use los boy-short y que le resultan más decentes), medias y bras y los que termino por echar al bote de la basura sin siquiera preguntarle. Y no, no son los celos los que me mueven para despotricar en contra de las otras, qué va; lo que me fastidia es que son desordenadas, nunca dejan un traste de donde lo agarraron o, si es que con suerte los lavan, no lo hacen bien y los dejan sucios, colocan las cucharas mezcladas con las tenedores o con los cuchillos; si le lavan la ropa al poeta se la dejan toda percudida y si es que se la planchan no le ponen su debido almidón. No soy musa de muchos poetas. Pero éste me gusta porque no me había topado nunca con un mortal así de buena onda, siempre tan franco y sincero, que no tiene secretos para conmigo y que me considera. Este lugar me gusta.



Erato »

Cerró el album y de repente, zuuummm - plop, apareció otra vez la Muerte; sí, la mismísima Concha y Las Muchachas.


«Qué. ¿Ya tan pronto?»
«Sí, ya me lo cargué.»
«¡Eso es a lo que yo llamo servicio express!»
«Y bien, señorita, ¿cuál es la última voluntad del muertito?»
«¿Perdón?»
«Bueno, niña, quise decir del enfermito...»
«Ah, vaya. Pues sólo una.»
«¿Cuál?»
«Encontrarse con el amor de su vida.»
«Bien, chiquilla. Pues a darle sabor al caldo.»
«No entiendo.»
«Sí, chiquitina. Le vamos a dar su último "voltión con la Huesuda" antes de llevármelo definitivamente. De ello depende su destino.»
«Pues usted dirá, Señora.»



Ladislao Gutiérrez


La Redacción 



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