jueves, 2 de febrero de 2017

SALA DE REDACCIÓN

Por José Gabriel Ríos 


Escuchaba en la radio a un periodista de una publicación importante, vuelto un artista por su obra, habiendo comprendido las numerosas tipologías del oficio y envolviendo, a una cantidad numerosa de seguidores por su carisma iconoclasta, tal y como él mismo se define: el Tiempo se ve que lo ha favorecido, pues es fácil darse cuenta de los recursos que utiliza con conocimiento, por supuesto, pues las maravillas de la transmisión se anida en el misterio inherente de sus textos.

Ese ejercicio, entre líneas, que nos ofrece el periodismo, es la fidelidad del mensajero receptivo, inspirado y educado: ha pasado por el cerebro de quien enarbola con verdadero júbilo del vacío orientalista-occidental, sencillamente porque ha denostado a sus maestros, por esa obsesión de eludir el poder a costa de principios elementales que son las palabras y las cosas simples y bellas. 

El verdadero periodista es aquél que posee una visión psicológica, social, física e incluso, con muchísima intensidad, lectora, en el caso mencionado, sobre música. En cualquier parte del libro se escucha a Pitágoras o a Heráclito, que nos hace deslizarnos en un mar oscuro del arte oral: Anaxágoras, Jenófanes, o a esa figura seminal, Orfeo, que hasta el día de hoy, sigue siendo concepto y tradición.

Para un mejor entendimiento de lo que escribo, Empédocles y Pitágoras serían en su origen los entendidos en temas de cosmografía, matemáticas, comprensión de la música, literatura y filosofía. De lo anterior brotará sin duda un afluente de vocación auténtica, acceso a la carne viva, a lo mínimo del humano.

Recompensas, toques de gracia y de esperanza no comparables, es lo que ofrece el periodista, además de persuasión, idealismo, el constructo de una comunidad sobre la base de la comunicación de pasiones compartidas. Quien se dedica a esta maravillosa actividad, se dirige al intelecto, a la imaginación, a los nervios, a las entrañas de los lectores, a esa totalidad de mentes-cuerpos; el que escribe una nota, se adhiere a la aprehensión, al peligro y privilegio ilimitados.

En mi papel como periodista, siempre he pretendido provocar incertidumbre -devenir del autodidacta-, que es una confesión de ignorancia, en una convincente intuición de la ética, de la justicia para el prójimo y para conmigo mismo: asociación y contigüidad son los elementos indispensables para el artesano de la palabra, el que despierta de la amnesia a una multitud, provocándoles Memoria, si se quiere cierta metafísica, una interrelación de existencia temporal modificada.

Con infinita sencillez, el periodista nos dice cuál es la verdadera finalidad del mensaje o pensamiento; la educación del espíritu encaminada a tareas esotéricas, filosóficas, intelectuales, políticas, eternizan y humanizan al que redacta. Es una persona que se ha propuesto ser periodista y ya no tiene derecho a vivir como el resto de la gente; a veces lo hace en un invernadero o en un potro de tortura, inevitablemente genera un trastorno a la corrección política, con contenidos lúgubres, vacuos e histéricos, porque nunca ha olvidado cómo describir un fuego o un árbol, precisamente creando otro árbol y otro fuego.

Sin el periodismo enfocado a la cultura como un mundo, sería imposible éste, porque la comunicación es obligada e intrínseca. El diálogo entre Dios y nosotros ha sido caracterizado con una naturaleza amorosa, rebelde e inquisitiva, dirigida al estudio y exposición de multitud de destellos de la Creación Original.

Sala de Redacción del periodista Pablo Espinosa, Secretaría de Cultura, 2016, es un artefacto que contiene crónicas, ensayos, reportajes, reseñas, que van de lo ortodoxo a lo fundamentalista, de lo herético a lo antinómico. Se escucha la palmada de Charles Malamud, el mayor profesor de religiones comparadas. 


La Antigüedad de la Música que ha generado su iconografía en cuadros y grabados donde se desliza el carbón y una paleta de infinidad de colores, en las composiciones de las clases académicas, conservatorios y mesas de escritura o escritores -Balzac, Zola, Thomas Mann- y en las comedias de los aprendizajes corales, como en el Cellini de Berlioz y en Los maestros cantores de Wagner.



Datos del autor
José Gabriel Ríos Cortés (1948) Escritor y Periodista cultural de vasta trayectoria. Su libro más reciente es Un soplo de mar (Ensayos, UANL, 2016).