miércoles, 14 de junio de 2017

Circe



Obra de modo que merezcas a tu propio juicio y a juicio de los demás la eternidad,
que te hagas insustituible, que no merezcas morir.
Miguel de Unamuno

No fue algo que buscara provocar. Presentí al aproximarme que la velada no terminaría de manera amistosa. ¿Amistosa? Me refiero al hecho de sobrellevar relaciones cordiales, nada más. Me gusta prescindir de la espantosa necesidad de compañía. Mi condición no es esa. Desprecio a los que actúan como monos en escaparate, tan necesitados de halagos, de contar con un círculo social en el que despliegan sus mezquinas ambiciones. Me incomoda hacer acto de presencia en un sitio como este. Lo podría jurar, las confrontaciones me afectan, me afectan demasiado. Cuando presiento que una confrontación está cerca o pudiera ser yo la causa de malestar en alguien, los dedos de mis manos comienzan a temblar, entumecerse y mi estómago parece hundirse en un vacío.

Lo sé, la punta de lanza que han utilizado en mi contra desde el inicio de los tiempos ha sido, entre otras cosas, a mis amantes. Sí, he tenido muchos, muchos han sido los hombres que me han amado y a los que he correspondido con igual entrega y fidelidad. Cada uno de ellos me ha dejado una mascota como símbolo de su perecedera estancia. Algunas ofensas y traiciones fueron compensadas por la invaluable compañía de mis animales. No hay imagen más piadosa que un animal agradecido lamiendo mi mano, recostado sobre el regazo, frente al fuego de un crudo invierno.

En la historia de la humanidad, podría asegurarlo, el amor es como un objeto de arte inacabado, valioso sí, pero siempre a medias, siempre incompleto. Un camino de brasas, cama de vidrios, andar sobre clavos. Gozo y angustia.

Recuerdo las conversaciones que sostuve con Jesús, en un tiempo en que padecía mal de amores. Sí, ser confidente ha sido una de mis virtudes. Dolientes varones lastimados por flechas de ingratas amazonas. He sido el bálsamo del guerrero, la amiga-cómplice, y ellos, agradecidos amantes. Él me preguntó cómo podía saber si ella en realidad lo amaba, a pesar de la diferencia de edad entre ambos. Según su parecer, la mujer enamorada es inconfundible, muestra la conducta de amor, entrega y pasión como una respuesta natural, carente de hipocresía frente al objeto de sus afectos; sometiéndose indefensa cuando en realidad sabe amar. ―Tú lo has dicho ―respondí― lo que alguien hace cuando en realidad sabe amar, y me parece una sentencia idealista. ¿Amar? ¿Qué es amar? ¿Embarcarte en el porvenir con los ojos cerrados? Con una mujer más vieja ¿qué tan vieja? Una mujer más joven ¿qué tan joven? No es cuestión de edades. La edad es una circunstancia por la que transita la experiencia, y la experiencia es como el cochambre en las ollas: debes tallar y tallar hasta dejar impecable. Hay experiencias que estorban y otras que sirven de ejemplo. Resumo: el concepto del cual revistes al amor es la trampa. ¡No pierdas el tiempo analizando tus experiencias amorosas con mujeres más viejas o más jóvenes! No pierdas el tiempo contando el remanente de fugaces encuentros ¡Clitemnestra, Melantea, a la misma Penélope! Sucumbe al canto de las sirenas. Todo hombre embelese con distintas liras. Toda mujer es sombra que desaparece a la mirada errante del abrazo sofocante, ante la mengua de su libertad e independencia, entre la carne y el espíritu.

¿Es posible aprender a amar? ―Insistió. Sigue alimentando ilusiones. Lloramos por nosotros mismos, por lo que fue, por lo que pudo ser. Miedo, abandono y distorsionados augurios que, intuimos, vendrán tras su partida. Detrás de cada despedida está el espectro de la incertidumbre; de volver a empezar, demasiado tarde demasiado viejos…

Circe humedece sus labios rojo burdeos, saca la polvera plateada del pequeño bolso de mano con incrustaciones de zafiros y rubíes. Acicala su cabello mientras eleva la mirada sobre la coronilla donde ha levantado sus magníficas trenzas en una especie de crochet al estilo de una diosa griega; onduladas mechas sueltas surcan el hermoso óvalo de su rostro, cejas espesas y facciones fuertes, rasgos bien definidos. Desde su auto, mira hacía la puerta de entrada y ve llegar a las parejas aferradas del abrazo del acompañante. Valor, valor es lo que le falta para terminar de una vez por todas con la angustia, con la incomodidad de tener que ser amable con quienes, reconoce, la desprecian. La que no la acusa de ambiciosa, hipócrita y come hombres, la define como bruja negra, peligrosa y de dudosa re-pu-ta-ción. El resto se ha dejado influir por los comentarios mordaces que han propagado sobre ella. El efecto halo es infalible ¡Y qué importa! No lastima la falta de autenticidad ni descubrir, en las demás, la falsa posición de arrogarse defensoras de los derechos de las mujeres, a la vez que imponen sobre las otras sus conceptos y prejuicios.

Observar detrás de las apariencias, indagar miradas y descubrir intenciones ocultas. La magia de la naturaleza a su servicio fue el don otorgado a Circe desde antes de su nacimiento: Júpiter, entraría al signo de virgo -signo de la palabra y la perfección-. Saturno, el gran maléfico, el gran maestro, entraría a los terrenos de sagitario; signo de dioses y filósofos. La luna nueva o novilunio haría lo propio en el signo protector de leo, los hijos de helios. Su sol personal iluminaría la octava casa de la rueda zodiacal, otorgándole así, la revelación de la muerte y las transformaciones profundas e inconscientes. La buena fortuna le correspondía, nadie podría arrebatársela.

Ellos no han entendido que forman parte de la utilería ―reflexionó Circe. Transfieren a sí mismos la proyección de su valía por simple y llana asociación. Creen que de esa manera se vuelven virtuosos también ante los ojos de la sociedad donde la forma es fondo, sólo apariencia, donde tarde que temprano serán desechados por viejos e inútiles. Reaccionan a la imagen, a la reputación que representa la figura frente a ellos, condicionados a los estímulos de aceptación y de rechazo. Sus consciencias en eterno letargo. Fluyen en una existencia superficial y egoísta en la que el lema general dice si no es conmigo, no es en mi contra. Shhhhh ellos ven, oyen y callan. La mayoría no conseguirá rasgar el velo de la ignorancia, rozar la obsesión y la tortura, casi morbosa, que conduce la existencia hacía una vigilia precisa y pausada, como el pulso de un relojero: con sus horas, minutos y segundos tras perseguir, indagar, acechar. Así olfateo lo sórdido, ato cabos y desenredo nudos. Es normal que personas como yo se dejen perturbar por cosas, situaciones o gente que en los demás no ocasionan tanta inquietud. Puedo medir el potencial de maldad y bondad como con un barómetro. Reconocer la rispidez de sus zonas emocionales es tender un puente hacia el otro, penetrar en sus espacios, observarlo como el ave de rapiña a su presa. En algunos casos es distinto, areté es un privilegio de pocos. De esos pocos que no aceptan que su nombre se utilice para sacar ventaja sin haber esperado turno en la larga fila de los obreros, de los marginales, de los pescadores de sueños en la gran depresión.

Circe arriba a la velada, amenizada por un trío de músicos colocados de forma estratégica a mitad del jardín. Cada uno con un instrumento de cuerdas: violín, lira y el cello. A las miradas suspicaces las siente como dardos por todo su cuerpo. Las miradas de deseo y lujuria de los hombres que esbozan de reojo para no delatarse frente a sus esposas. Discretamente toma la mesa detrás de una jardinera perfumada cubierta de madreselva. Espera y observa. Las serpientes llegan una tras otra, debió suponer que estarían invitadas. Mujeres, esposas, madres solteras; algunas caza fortunas orgullosas de portar el diamante o ¿zirconia? en el dedo anular. Identificó entre ellas, a una vieja compañera, Nadia.

Nadia se casó y tuvo hijos después de los treinta y cinco años ―justo a la edad del arrepentimiento casi tardío―. Un tipo me comentó del tiempo que habían pasado juntos, hace más de una década, antes de estar ambos, ahora, con sus respectivas parejas Tuve que correr por mi vida, me aseguró el muy cobarde. Ella es independiente y locuaz, con un tipo de optimismo superficial de dama boba. Prefiere ocultar sus tristezas por las conveniencias sociales que esa actitud le reditúa. No creo en su imagen confiada y bondadosa. Es una dama de sociedad rimbombante. Con ella no se debe perder el tiempo tratando de hablar temas serios y trascendentes. ¿Qué clase de mujer es esa que se resiste a mostrarse real ante las otras, que se resiste a aceptar su vulnerabilidad? No es ingenua, juega al síndrome de Peter Pan: joven por siempre. La madurez y la caída le causan pánico.

Hay cosas que nunca cambian, hábitos, manías, costumbres que se tienen porque sí. La adolecente que te molestaba en secundaria, que sentía celos de ti, es ahora madre de tres. Una mujer cuarentona, flacucha y sin gracia ¡pero con bastante veneno que desperdiga sin ton ni son por el lugar donde se encuentre! Los niños del vecindario le llaman “zorra”. No es culpa de los chiquillos; con toda seguridad lo han escuchado en boca de los adultos. Se divorció y regresó a casa de sus padres. Eso me recuerda la sabiduría popular en una frase: se va una y regresan dos. La encuentro algunas veces cuando voy de compras, deteniéndose a platicar con las amistades que salen a su paso. Es el vivo retrato de su época de adolecente. Hay cosas que nunca cambian. Ahí estaba Elizabeth. Pasamos la velada rehuyéndonos, fingiendo no mirarnos, ni siquiera conocernos. Conducta normal entre mujeres, sobre todo si comparten algún pasado en común. Como ella y yo, que en nuestra época de secundaria se sintió la protectora de los novios de sus amigas, y me reclamaba el hecho de que ellos quisieran pasar el receso conmigo. Ingenua Elizabeth, pobre Elizabeth. En el fondo siento pena por ella. Debe ser terrible no sanar a su niña interior. El fracaso sentimental ha sido constante en su vida. Imagino las promesas que los hombres le debieron de haber hecho, cada uno en su momento. Cada nuevo amor provoca una alegría secreta. Secreta porque silenciosamente se termina por agradecer que la pareja anterior se haya ido. Ese nuevo amor, el amante en turno, el prospecto, le otorga al presente un renacimiento. Cada amor deja algo cuando se marcha. Los mejores dejan bienes materiales, otros el prestigio de un apellido, relaciones y contactos. En ella, en cambio, sólo dejaron hijos. Puedo ver en sus movimientos nerviosos que sabe que la observo. Se pasa la mano derecha por el cabello y mueve los pies en un raro bailecillo, descansando su balance en un pie para segundos después hacer lo mismo con el contrario. La observo, y se transfigura en aquella adolecente flacucha de cabellos relamidos pegados a los lados de sus delgadas mejillas, y sus ojos azules, siguen mirando asustados… del árbol caído no se hace leña.

Los invitados continúan llegando, oh, las Oronoz, el matrimonio Díaz Ponce de León y otros que no conozco, sin embargo, sí he escuchado hablar de ellos. Mientras espero bebo un Martini. El gato de los anfitriones baja de la copa del árbol y salta sobre mi mesa. Le ofrezco la aceituna y la come gustoso.

―Hola, Circe, ¿cómo has estado? Qué sorpresa encontrarte aquí ¿viniste sola o con víctima nueva?

Esa voz, por demás conocida, es de Julieta, quien me sustrae de la incipiente amistad entre el gato y yo. Ella realiza su doctorado en filosofía, y prepara un ensayo sobre su teoría personal del amor a través del género epistolar. Detesta las fotos familiares, las muestras afectivas, los besos apasionados, la fidelidad y la sonrisa simulada ―para ella todo es simulación― y demás cursilería que se pregona en nombre del amor. ¡Qué ironía! Siempre sentí vergüenza de mostrar mi sonrisa por la apariencia que causan mis caninos superiores, pero ella se ha alterado algunas piezas dentales, tan de moda entre la juventud nipona, ―¡Sonrisa de vampira! ―exclamé al verla y la abrazo. Cabellos plateados y mechas rosas. Mujer subversiva e intelectual: el amor es un interés de afinidades electivas, ―ha sostenido― como su obra predilecta.

Los invitados nos ponemos de pie. Los anfitriones descienden escalera al cielo, arreglada para la ocasión. El novio toma del brazo a la novia, ella alza el ruedo de su vestido serpenteando las llamas de las velas.

Publicación en Nocturnario, revista de creación literaria.