Presentación de "Biorámica (yo, nosotras y ellas), relatos y personajes"
BIORÁMICA: Yo, nosotras y ellas
- Relatos y personajes de Consuelo
Sáenz
Universidad
Autónoma de Ciudad Juárez: Colección Voces
al sol · Serie Cuento, Vol. 5 · 2025
Presentación
a cargo de: Niurka Isabel Passalacqua Olivera
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| Presentación de la obra ganadora "Biorámica", de Consuelo Sáenz |
Buenas tardes a todas y a todos. Comunidad universitaria, colegas, amigos, lectoras y lectores que esta tarde han tenido la generosidad de acompañarnos: bienvenidos a este espacio que, por unas horas, será nuestro. Un espacio que la literatura reclama con la misma urgencia con que Consuelo Sáenz reclama la palabra: como necesidad vital, como territorio propio, como acto de existencia.
Permítanme comenzar con una confesión que,
estoy segura, muchos de ustedes compartirán: cuando uno abre un libro y en las
primeras líneas se encuentra con una frase como "Fui la octava entre
nueve hermanos. Crecí solitaria. Desarrollé un agudo sentido de observación y
una timidez absurda" —y siente inmediatamente que está ante alguien
que habla con la verdad puesta en la mesa, sin adornos superfluos ni falsas
modestias—, uno comprende que va a pasar un rato muy bueno... o, mejor dicho,
un rato que mueve algo por dentro. Eso, precisamente, es lo que hace Biorámica.
Hoy tengo el privilegio —y lo digo sin
cortesías protocolarias, sino con genuina gratitud— de presentarles la más
reciente entrega de la Colección Voces al Sol de nuestra Universidad
Autónoma de Ciudad Juárez: el volumen quinto de la Serie Cuento, que lleva por
título Biorámica. (Yo, nosotras y ellas). Relatos y personajes,
de la escritora fronteriza Consuelo Sáenz.
II.
Empecemos por el principio: el nombre. Biorámica.
Un neologismo construido desde las entrañas mismas del lenguaje —ese
laboratorio permanente en el que todo escritor trabaja, a veces con bisturí y a
veces con martillo. La palabra conjuga bios (del griego, vida) y panorámica,
sugiriendo una visión expansiva, casi omnisciente, de la experiencia vivida.
Pero la autora no nos ofrece una panorámica complaciente, de postal turística.
Nos ofrece algo mucho más honesto y, en consecuencia, mucho más literario: una
vista desde adentro, desde el cuerpo que recuerda, desde la memoria que no se
rinde ni ante el tiempo ni ante el dolor.
El subtítulo, Yo, nosotras y ellas,
no es un simple índice temático. Es, en realidad, una declaración
epistemológica: un mapa de los radios de alcance del sujeto femenino que
escribe y que es escrito. El Yo que se interroga a sí mismo; el Nosotras
que se forma en la confrontación y la sororidad —aunque esa sororidad no
siempre sea pacífica ni dulce— y, finalmente, Ellas, las otras mujeres,
las históricas, las míticas, las que no están pero que habitan el texto como
presencias ineludibles. Es una estructura triádica que evoca, sin duda, la
gramática de las voces narrativas más sofisticadas de la narrativa
hispanoamericana contemporánea.
En términos de adscripción genérica, el
libro desafía con gracia las clasificaciones convencionales. Sáenz practica lo
que la crítica literaria contemporánea ha comenzado a llamar escritura
biográmica o, en tradición anglosajona, autofiction: esa zona
liminal en la que la autobiografía cede al artificio literario, en la que el yo
narrador es al mismo tiempo sujeto y objeto del relato, testigo y testigo
falible. Aquí la autora está acompañada por linaje ilustre —Marguerite
Yourcenar, Clarice Lispector (a quien el propio libro cita en epígrafe), Elena
Poniatowska, Margo Glantz— escritoras que hicieron de la propia experiencia el
material más radical y más exigente de la ficción.
III.
La primera sección del libro, titulada
simplemente YO, despliega cinco relatos autobiográficos que conforman
una suerte de arqueología del sujeto. Y digo arqueología en el sentido más
riguroso: hay aquí una excavación paciente, capa a capa, de los sedimentos que
nos constituyen.
El primer relato, Gotitas de lluvia,
establece de entrada el tono y el método. El método de Sáenz es la
fragmentación calculada —los asteriscos que separan las secciones funcionan no
como pausas sino como pequeñas rupturas tectónicas— y la yuxtaposición de
temporalidades. Pasado, presente y futuro no se suceden linealmente; coexisten,
se interpelan, se superponen. La propia narradora lo enuncia con precisión
poética: "El pasado, el presente y el futuro
marchan juntos, son el trío combinable de nuestros imborrables recuerdos."
p. 11
Esta concepción del tiempo no es casual ni
meramente estética: responde a una experiencia particular de la memoria, esa
memoria que no archiva en orden sino que irrumpe, que asocia libremente, que
convoca un aroma o una canción y con ello arrastra una constelación entera de
significados. La referencia a la canción Raindrops keep falling on my head
al final del relato no es un adorno nostálgico; es el disparador mnémico que
condensa toda una infancia, toda una relación filial, toda una pérdida.
En La historia de mi nombre
encontramos uno de los momentos más filosóficamente densos del volumen. La
reflexión sobre la onomástica —sobre el peso que cargamos en el nombre propio—
deviene una meditación sobre la identidad, sobre la anticipación de destino
inscrita en el lenguaje antes incluso de que la persona exista. La autora
escribe, con esa ironía que la caracteriza, que para llamarse Consuelo "se
debía tener vocación de mártir" (p. 20). El nombre como profecía, como
trampa, como herencia que se negocia —y que, con los años, se puede llegar a
apropiarse.
Pero acaso el relato más arriesgado y más
original de esta primera sección sea La penitencia, una pieza que
comienza con la declaración de una "manía, casi perversa, por todo lo
oral" (p. 25) y desde ahí despliega una escritura asociativa, casi
dadaísta en su estructura, que salta de Sigmund Freud a Freddie Mercury, de la
ortodoncia a Bécquer, del cantar de los cantares a la psiconeurodontología. Es
un tour de force verbal que habría entusiasmado a la propia Margo Glantz —a
quien, no por coincidencia, la autora menciona en las primeras líneas. Y que
termina con un dato concreto, casi clínico, que actúa como remate perfecto: la
extracción de una muela del juicio, "La número 38". En
literatura, como en la vida, el cuerpo siempre tiene la última palabra.
IV.
Si la primera sección es arqueología del
yo, la segunda —NOSOTRAS— es cartografía de los vínculos. Y que nadie se
llame a engaño pensando que nosotras significa armonía o concordia. En
Sáenz, la relación entre mujeres es tan compleja como la vida misma: hay
complicidad y traición, admiración y envidia, sororidad genuina y sororidad
performativa. Lo que el libro hace —y esto es uno de sus mayores méritos
críticos— es negarse a simplificar.
El relato CIRCE abre esta sección
con una voz narradora que es, al mismo tiempo, la figura mítica de la
encantadora griega y una mujer contemporánea que llega sola a una velada social
y desde una mesa discreta observa el mundo con la frialdad y la precisión de un
entomólogo. La intertextualidad aquí es rica y funcional: el epígrafe de
Unamuno —"Obra de modo que merezcas a tu propio juicio y a juicio de
los demás la eternidad"— sitúa a esta Circe en el territorio de la
individuación filosófica, de la lucha por la existencia auténtica.
Hay en este relato una reflexión sobre el
amor que merece detenerse. Circe le dice a Jesús, el amigo dolido: "La
edad es una circunstancia por la que transita la experiencia y la experiencia
es como el cochambre en las ollas: debes tallar y tallar hasta dejar
impecable." (p. 35)
Es una imagen que vale por diez tratados de
psicología: la experiencia amorosa como trabajo de pulimento, de desgaste
necesario, de paciencia artesanal. Y a continuación, una sentencia digna de
antología: "Toda mujer es sombra que desaparece a la mirada errante del
abrazo sofocante." (p. 35)
En Arpías se escribe con A, el libro
alcanza su dimensión más abiertamente social y fronteriza. Aquí Ciudad Juárez
emerge como personaje. No como telón de fondo pintoresco, sino como entorno que
produce subjetividades, que marca cuerpos y destinos. La descripción de los
habitantes de la ciudad fronteriza es una de las páginas más logradas del
volumen, un pequeño tratado de sociología urbana escrito con los recursos de la
prosa literaria. Sáenz habla de sus conciudadanos que "van a misa,
aceptan el redondeo, donan al Teletón pero desconfían del diezmo. Comen carne
asada los fines de semana, acampan cada año para el Black friday y muestran las
palmas de sus manos con manchitas de sangre cuando logran aplastar un moyote en
el aire." (p. 43)
Ese párrafo es un espejo. Y como todo
espejo, incomoda. Y ahí está su valor.
El relato más extenso de la sección, El
infierno son los otros (Esperanza y Sartre), es, en mi lectura, la pieza más
ambiciosa del volumen. El título es una apropiación —un homenaje y también una
reescritura— de la célebre sentencia de Jean-Paul Sartre en Huis clos: “L’enfer,
c’est les autres”. Pero en Sáenz, el infierno no es metafísico: es doméstico, es digital, es
el peso de los hermanos que conspiran, del marido que vigila, del amante que
regresa veinte años después convertido en un fantasma de sí mismo. La inclusión
de los mensajes de correo electrónico entre Esperanza y Sartre —datados con
precisión en noviembre-enero de 2006-2007— introduce una dimensión documental
que da al relato la textura áspera y reconocible de lo vivido.
Y el cierre de este relato es uno de los
más perturbadores del libro: la pareja que decide emigrar a España muere en un
accidente aéreo. Un baúl que guardaba el secreto de toda una vida —un vestido
de novia nunca usado— es abierto por el padre, no por quienes lo esperaban. La
autora escribe, con sobriedad impresionante: "Un vestido de novia
cancelado guarda el destino trágico de un amor que vaga en el tiempo de algún
mañana incierto más allá de la muerte." (p. 72)
V.
La tercera sección, ELLAS, es la más
breve del volumen pero no por ello la menos densa. Consta de dos relatos que
funcionan como díptico: Mademoiselle C y En el Barrio Rojo de la
Pigalle. Ambos tienen un pie en la historia del arte y el otro en la
ficción más imaginativa.
El primero es la recreación de la voz
interior de Camille Claudel —escultora francesa (1864-1943), alumna y amante de
Rodin, genio incomprendido, mujer internada en un manicomio por treinta años a
instancias de su propia familia—. El recurso de la segunda persona narrativa —"Estás
ahí, puedes sentir el frío de crudos inviernos que destilan humedad de esas
paredes manchadas de algo" (p. 81)— crea una cercanía perturbadora:
nos coloca dentro de la experiencia de Camille, nos hace cómplices de su
lucidez y de su fractura. El lector es interpelado directamente, obligado a
asumir la perspectiva de quien ha sido borrada por la historia del arte
canónica. No es casual que la autora haya elegido a Camille Claudel: hay en esa
elección una declaración de principios sobre las mujeres artistas que trabajan "a
la sombra de los grandes genios", para usar las palabras del propio
relato.
Y si Mademoiselle C nos lleva al
interior, En el Barrio Rojo de la Pigalle nos lleva al exterior: las
calles de Montmartre, el Moulin Rouge, el año 1901. Una narradora innominada
acude sola a ese establecimiento mítico —donde los códigos morales de la época
condenaban a las mujeres que se aventuraban sin acompañante— para contemplar a
Toulouse-Lautrec en su hábitat natural. El relato es una fiesta sensorial
escrita con precisión cinematográfica. Y al mismo tiempo es una reflexión sobre
el deseo del conocimiento, sobre la audacia de ir a los lugares que nos
prohíben, sobre la escritura como el acto más solitario y más valiente.
VI.
Quiero detenerme en algo que me parece
fundamental y que no siempre se menciona cuando se habla de narrativa escrita
en la frontera norte: el problema de la lengua. Consuelo Sáenz escribe en
español, pero su español es un español que ha convivido toda la vida con el
inglés, con el espanglish, con las transferencias lingüísticas de la vida
cotidiana transfronteriza. Hay en su prosa anglicismos integrados con
naturalidad (neighborhood, transborder, Thanksgiving), referencias
culturales bilingües, una sintaxis que a veces se permite cierta informalidad
coloquial sin perder nunca la precisión. Es una lengua fronteriza en el sentido
más productivo: no empobrecida, sino enriquecida por el contacto.
La frontera no es solo escenario en Biorámica:
es condición de posibilidad. Es el espacio que produce la mirada oblicua, la
sensibilidad para los márgenes, la conciencia de que toda identidad es
provisional y negociada. Cuando Sáenz describe su ciudad natal —"La
ciudad fronteriza de mi infancia, con sus limitaciones y espíritu de provincia,
parecía más grande, no lo era, menos ahora que dicen que 'el muro de Trump' nos
limitará la vista. Sólo veremos más hormigón y más arena." (p. 43) —no
está haciendo periodismo ni declaraciones políticas. Está haciendo literatura:
convirtiendo el dato histórico y geopolítico en experiencia sensible, en imagen
que perdura.
Hay también en el libro una notable
relación con el cuerpo. El cuerpo en Biorámica no es decorativo:
es el archivo donde se inscribe la memoria familiar y transgeneracional, el
espacio donde se negocian el placer y el dolor, el territorio donde se ejerce y
se padece el poder. La obsesión con los dientes —ese inventario familiar de dentaduras
perfectas e imperfectas, de muelas cariadas y prótesis removibles— no es
capricho excéntrico: es la comprensión de que el cuerpo lleva escrita la
historia que no siempre se puede decir con palabras.
VII.
Quisiera dedicar unos minutos a señalar
algunas de las marcas estilísticas más características de esta autora, porque
creo que es en esos detalles donde se reconoce el verdadero dominio del oficio.
La imagen: Sáenz tiene un don
particular para la imagen insólita que, sin embargo, resulta perfectamente
inteligible. Cuando escribe que el café "es aroma y tacto, inspiración
y pensamiento, capaz de hacernos sentir invencibles y seguros ante la orfandad
del universo", combina lo cotidiano con lo metafísico en una sola
frase. Cuando describe la ciudad como "cascajo de eternidad y espera de
muerte", la abstracción y lo concreto se funden. Esto es, en sentido
estricto, lo que los antiguos denominaban ingenium: la capacidad de
establecer relaciones entre términos distantes.
El diálogo: Los diálogos de Biorámica
son prodigiosos en su economía. Revelan carácter, clase social, posición
ideológica y nivel educativo sin necesidad de explicaciones. El intercambio
entre Carmen y Arcelia en Arpías se escribe con A —sobre feminismo,
cocina, literatura y política— es una pequeña joya dramática que podría subirse
a un escenario de teatro sin cambiar una coma.
La intertextualidad: El libro
dialoga continuamente con la tradición literaria, filosófica y artística. Los
epígrafes —de Unamuno, de Armando González Torres, de Clarice Lispector, de
Umberto Eco— no son adornos: son claves de lectura. Las referencias a Sartre,
al I Ching, a Barthes (el punctum que aparece en Reino trágico),
a Toulouse-Lautrec y a Camille Claudel construyen un diálogo con una tradición
cultural amplia y exigente. La autora conoce el árbol del que cuelga.
El humor: Y aquí hay que decirlo sin
rodeos —o como se dice en la frontera, sin andar con rodeos—: Consuelo Sáenz
tiene humor. Un humor seco, de buena cepa literaria, que aparece cuando menos
se espera y hace más llevadera la gravedad de algunos temas. La escena en que
Circe ofrece la aceituna del martini al gato del anfitrión y este se la come
gustoso es brevísima y perfecta. La descripción de la tía Yolanda buscando
desesperadamente un hombre después de la muerte de su madre —"Yo le
pedí a mi mamá que me enviara un hombre", y llegó Arturo. Un pájaro de
cuentas deportado de los Estados Unidos" (p. 15)— es tan cruel como
cómica, y tan cómica como verdadera.
VIII.
Publicar literatura desde la frontera norte
de México no es un acto menor. Es un acto de afirmación cultural en un
territorio que la narrativa nacional ha mirado demasiado a menudo como
periferia. Sáenz —juarense de nacimiento y convicción— demuestra con este libro
que la frontera no es el margen de la literatura mexicana contemporánea: es, en
muchos sentidos, uno de sus centros más vitales.
Lo que Biorámica nos pide —a
nosotras y a nosotros, sus lectores— no es poco. Nos pide que leamos con
honestidad, que toleremos la incomodidad de los espejos, que aceptemos que la
literatura no existe para consolarnos sino para sacudirnos. Nos pide, también,
algo más sencillo y más difícil al mismo tiempo: que escuchemos. Que escuchemos
la voz de una mujer que ha decidido que su experiencia merece ser narrada, que
la vida de las mujeres de esta ciudad y de este tiempo merece existir en el
papel impreso, en el libro que perdura.
Así que los invito —sin más preámbulos,
porque la mejor presentación de un libro siempre es el libro mismo— a que esta
noche se lleven a casa a Consuelo Sáenz, a Circe, a Esperanza, a Camille
Claudel, a la narradora de la Pigalle, a todas las mujeres que pueblan estas
páginas. Que las dejen entrar. Que les hagan espacio. Que no se arrepientan si,
de madrugada, esas voces los mantienen despiertos. Muchas gracias.
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| La autora, Consuelo Sáenz |

